28 de enero de 2016

Chocolatín ®

No todo debe acompañarse de una imagen, pero a veces es la imagen el motor del recuerdo. Este es uno de estos casos.
Eran mañanas calurosas, sin tiempo, propias de la niñez. Aparecía la Abuela Elena con una sonrisa, venía del centro con moneditas de chocolate. Eran invaluables, no por el chocolate ni por ser un envoltorio de monedita extranjera, sino más bien porque las traía la ebu, y eso las cargaba de afecto.
Nadie sabía su costo, su procedencia; no era lo importante. En la niñez uno recibe y mide todo con la misma vara, la del cariño, la del reconocimiento, solo en la amarga y calculadora adultez las cosas empiezan a tener un valor más allá del gesto afectivo.

Volverla a recibir una tuvo el mismo efecto, condensó en el gesto de la moza esa imagen infantil, y entonces apareció la sonrisa y su recuerdo.