Imágenes, situaciones y diálogos estrellan mi cabeza; es el producto de tener las palabras en la punta de la lengua.
Se trata de entender procesos, de asistir silencios y conocer en qué momentos es apropiado proferir aquello que callamos.
En la punta de la lengua tengo atrasos, tengo novedades e hipótesis que preciso callar, pero mi cabeza no puede acumular; es el momento, entonces, en que implosionan a modo de sueños, auto – diálogos e imágenes vívidas de posibles situaciones que me den lugar a callar mi deseo y poner en el afuera eso que guardo en mis adentros.
La estúpida profesión que elegí así me lo demanda y conocer los posibles efectos de los comunicados fuera de tiempo inhiben mi libre expresión. Son esos momentos en que ser o no ser te juegan a favor o en contra. Son esas pequeñas cosas que nos demandan silencio porque no es el momento.
No es para lo que me han solicitado. Y punto.
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De mi boca se escapan mil palabras; señales de humo desde la ventana de mi casa. Afloran las ideas y las imágenes asociadas a ellas; es la urgencia de expulsar forzadamente los contenidos que guarda mi cabeza.
Como un muñeco de trapo pretendo coser mi boca pero ni aún la costura más eficiente puede frenar este deseo irrefrenable de dejar salir todo hacia afuera.
Los objetos materiales, por pregnancia, tienden a adoptar las formas más simples posibles configurando el campo estimular de modo tal que, como un sueño, comienzo a crear esas situaciones en las que puedo expresar lo que debo guardar.
Soy un sapo, de boca grande y ojos saltones al que le han dado una lengua larga y pegajosa como reemplazo de sus cuerdas vocales.
Soy un niño recién nacido que gesticula para hacerse entender y todos ríen a mi alrededor hipnotizados por la novedad; su majestad el bebé.
Soy un libro abierto en un mundo de analfabetos.
Soy un muñeco de madera.
Soy una máquina de escribir, sin tiempo, sin tinta, sin papel.
27 de Mayo de 2011