Fue extraño cuando
empezó, fue sentir su génesis en la intimidad y en la oscuridad de la masa. Fue
registrar esa disociación inherente. Fue sentirla nacer y recorrer cada
intersticio de mi piel. Fue la incoherencia y lo inefable. Fue registrar sólo
la mitad, pero al menos la mitad de mi cuerpo; no sólo la mitad de arriba abajo
sino también la mitad de izquierda a derecha.
Si, porque tuvo el
desparpajo de nacer de un lado; como si la unidireccionalidad le diera su toque
de gracia.
No menor es el dato
de que empezó a brotar como si no tuviese espacio para expandirse, como si no
hubiese lugar para lo que viene debajo y por efecto de una ley tan antigua como
cierta se dejo caer y fue, a medida que descendía, cada vez más fría, más
ligera y menos consistente.
Llego hasta la
mitad, no del cuerpo sino del pecho. Ahí se detuvo. Ahí fue reabsorbida y con
ella la realidad. La masa, el diálogo, la oscuridad que dejaba ver en el
claroscuro su paso fugaz por mi cuerpo y el detalle en mi rostro.
El ciclo se detuvo,
no amerito este caso la reaparición o la proliferación de sus consanguíneas,
pero quedo el resabio de su paso y de su roce con mi piel y eso fue suficiente.
11 de Julio de 2013