No todo debe acompañarse de una
imagen, pero a veces es la imagen el motor del recuerdo. Este es uno de estos
casos.
Eran mañanas calurosas, sin
tiempo, propias de la niñez. Aparecía la Abuela Elena con una sonrisa, venía
del centro con moneditas de chocolate. Eran invaluables, no por el chocolate ni
por ser un envoltorio de monedita extranjera, sino más bien porque las traía la
ebu, y eso las cargaba de afecto.
Nadie sabía su costo, su
procedencia; no era lo importante. En la niñez uno recibe y mide todo con la
misma vara, la del cariño, la del reconocimiento, solo en la amarga y
calculadora adultez las cosas empiezan a tener un valor más allá del gesto
afectivo.
Volverla a recibir una tuvo el
mismo efecto, condensó en el gesto de la moza esa imagen infantil, y entonces apareció la sonrisa y su recuerdo.
