19 de octubre de 2014

Qué pensarán... ®

- ¿Qué pensarán las madres de tus amigas de mí, no?
- ¿Por?
- No sé, que agarro mis cosas, pongo todo adentro del auto y me voy.
- Y nada… ¿Qué van a pensar?

Más menos letras, algo así es el fragmento que dispara hoy este relato.

Año 2005, Enero. Calor. Fin de semana santiagueño. Mañana bien temprano y ya se hacía sentir. Auto azul marino o, para no hacerla difícil: azul. Destino Buenos Aires. En el auto, mamá al volante y yo, copiloto.

¿Qué, qué pensarán las mamás de mis amigas? ¿Quién puede saberlo a ciencia cierta? No fue algo que en el 2005 me preocupo, 10 años después mucho menos. A ella creo que tampoco le preocupo en aquel entonces sino que más bien fue la expresión de ese “qué estoy haciendo…” puesto en el otro o, más sencillamente: cagazo de verse a los 50 años reiniciando un camino.

Por mi parte el hoy me remonta a esa anécdota porque me pone en la posición de preguntarme si hubiese querido que fuese distinto y, en caso de haberlo querido, qué clase de madre hubiese acompañado ese otro “destino”. Y la verdad es no. Claramente no.

Prefiero esta mamá, la que disfruta lo que hace, la que se anima, la que emprende, la que acompaña, la de sonrisa genuina. La auténtica y apasionada por el arte. La que quiebra límites y tiene la humildad de reconocer que los tiene. La trabajadora. La mamá que sostiene, la mamá que permite, la mamá diálogo. La mamá generosa, desenvuelta y sencilla.

La prefiero a mamá.

08 de Septiembre de 2014

13 de octubre de 2014

Porque uno, al final, no sabe si fue real ®

Transcurría el año 2014, estábamos aparentemente en vacaciones con mi mamá y mi tía. Punta del Este, Uruguay. Tenía una impronta mágica, como si en realidad Punta del Este fuese Cabo Polonio pero era Punta del Este. En fin…

Estábamos en el Mar. Había surfers, familias y esos ruidos funcionales de las playas. El día acompañaba, sol sin nubes y viento agradable. Lo que diríamos: un día de playa ideal.
Habíamos dejado nuestras toallas, ojotas y anteojos de sol sobre la arena que abundaba, por cierto. Nos metimos todas al agua. Jugamos un rato con las olas que no parecían querer jugar sino más bien darnos una lección, pero como toda la humanidad nosotras hacíamos caso omiso de sus intenciones y cada vez las desafiábamos más.
En un momento me cansé. Mi mamá y mi tía seguían dándole rienda suelta al desafío y yo me retiré, siempre con la preocupante sensación de que mamá sería tragada por una ola. Esos pensamientos omnipotentes y desacreditantes para los demás de “si yo no estoy ahí, no va a poder y va a morir”; ojalá, si alguna vez los tengo, no piense del mismo modo con mis hijos.
Cuando llego a donde habíamos dejado las toallas, ojotas y anteojos de sol dos chicas habían ubicado sus sillas de lona bajitas y una sombrilla que estaba estaqueada a más de 2 mts. de profundidad, dándome a entender que habían llegado para quedarse “y qué”. Las miré, me miraron…”y qué”.

No sé por qué pero pensé que podían ser pareja; pero así como lo pensé la idea se esfumó.

En ese momento volví a ser hija, ya no era la mujer omnipotente que todo lo puede sino la niña que necesita de un Otro. Mamá seguía jugando pero ante una ola acompañada de la tabla de Kitesurf de un turista decidió salir antes de ser golpeada; después de todo quedaban 15 días de sol, arena y mar.
Vino, la miré con complicidad y retiramos nuestras cosas. Mi tía, extrañamente seguía en el mar y a juzgar por la irrealidad de las escenas fue como si el mar se la hubiera tragado porque dejó de existir en las imágenes…así que no sé qué pasó, pero la dejamos ahí en el mar y yo de repente volví al lobby del hotel donde estaban preparando una cena.
Punta del Este dejó de ser ese lugar mágico parecido a Cabo Polonio y tomó un aire de grandeza y alta costura. Aparecieron sus representantes condensados en imágenes de personas “venidas a más” demilugardeprocedencia que volvieron a darme esa sensación de “todopoderosa” pero esta vez no con el cuerpo sino con el juicio; tenía la potestad de juzgar y señalar con el dedo eso que era “de cuarta”.
Simultáneamente sentía vergüenza de que me vieran allí, de saludar. Una suerte de empequeñecimiento absurdo pero real. Se acercaban y me saludaban: “Hola, minombre”, “Hey, hola” (respondía en voz baja, intentando pasar desapercibida). “suapellido, ¿qué andas haciendo por Argentina?”, pregunté. “Vine al casamiento de mi hermano” y siguió de largo.
Evidentemente este viraje de la historia que me recordaba a esos momentos pasados de mi vida no me eran agradables así que duraron un breve espacio de tiempo y Punta del Este volvió a ser ese lugar mágico, relajado y hippie que tanto me había sorprendido al inicio.
Debíamos llegar a un lugar, no sé exactamente cuál pero para eso mamá, que ya había estado allí, me decía que la acompañe y noté cómo se iba contra una puerta de una casa de familia. Yo, ingenua, no entendía qué hacía y le llamé la atención “mamá, ese no es el lugar, es una casa de familia”… a lo cual ella me respondía “es que acá es así, para poder llegar a donde vamos, tenemos que cruzar en línea recta a través de la casa” y se abrió la puerta. El dueño de casa estaba allí, dándonos paso por el garaje y cada puerta que cruzábamos tenía un mensaje que indicaba que íbamos por el camino correcto.
Yo seguía a mamá sin entender demasiado, pero confiada en que ese era el camino. Al final de la casa estaba la dueña, esposa del señor del garaje, que nos invita a trepar por una suerte de casa trasera que tenían que, evidentemente, era un lugar de guardado de cosas, de taller. Y debíamos treparlo para pasar al otro lado.
Mamá, habilidosa y flexible trepaba como quien comanda una operación. Líder. Segura. Yo la seguía por detrás, insegura y expectante a que eso nos llevara hacia algún lugar.
Ya en el techo del taller de chapa, la casa empieza a hundirse como un castillo inflable de esos que se alquilan para los cumpleaños y había que llegar hasta el otro lado. Mamá, con estas características de liderazgo inconfundible toma un palo de caña que había allí, se apoya en él como una garrocha y salta hasta una especie de baranda que había debajo que te permitía saltar la verja de madera gastada por el sol que marcaba el perímetro de finalización de la casa. Y en ese intento se resbala, pierde el equilibro y cae de espaldas pero cruza...
Yo, al ver esto y con las características de niña inexperta que había demostrado en este desafío me paralizo y le digo a la dueña de casa que, por cierto, miraba nuestro recorrido con las características de una entrenadora “barra” sabia que nos intentaba dejar un mensaje de enseñanza: “¿esta es la única forma de cruzar?”… y la entrenadora/sabia me dice: “no, no siempre hay una única forma; tienes que decidir qué camino vas a tomar, pero debes cruzar de algún modo. Elegí cuál va a ser el tuyo”.
Mi miedo me hizo sostener una de las puntas de la casa. Como era inflable yo me podía agarrar fuertemente y lo único que sabía era que no quería soltarme. En ese momento de mayor tensión por ver que mamá había “fallado”; fallado parcialmente porque al objetivo lo había logrado a costa de un dolor de culo bárbaro…miraba a la entrenadora/sabia esperando una solución, desesperante era la sensación de “se desmorona todo, qué hago”; ella sólo miraba…
En ese momento la casa empieza a desinflarse para un costado y me empujaba, sin querer, hasta el otro lado de la verja en la cual, no es menor mencionarlo, había arena. Yo con mi peso contribuía a que la casa me acompañara hasta el otro lado de la verja. Iba conmigo, la base iba conmigo. Llegué. No me caí, no me lastime ni me quedo doliendo el culo como a mamá.
Sensación de triunfo. De descubrimiento infantil; esa sorpresa digna de las primeras veces. Esa sensación de “wow…así era…pude” y la “Señor Miyagi” confirmando su lección. Había aprendido que los caminos de mamá son siempre válidos, pero que uno puede darles su impronta.

Como Punta del Este, que también puede ser Cabo Polonio…