Transcurría el año 2014,
estábamos aparentemente en vacaciones con mi mamá y mi tía. Punta del Este,
Uruguay. Tenía una impronta mágica, como si en realidad Punta del Este fuese
Cabo Polonio pero era Punta del Este. En fin…
Estábamos en el Mar. Había
surfers, familias y esos ruidos funcionales de las playas. El día acompañaba,
sol sin nubes y viento agradable. Lo que diríamos: un día de playa ideal.
Habíamos dejado nuestras toallas,
ojotas y anteojos de sol sobre la arena que abundaba, por cierto. Nos metimos
todas al agua. Jugamos un rato con las olas que no parecían querer jugar sino
más bien darnos una lección, pero como toda la humanidad nosotras hacíamos caso
omiso de sus intenciones y cada vez las desafiábamos más.
En un momento me cansé. Mi mamá y
mi tía seguían dándole rienda suelta al desafío y yo me retiré, siempre con la
preocupante sensación de que mamá sería tragada por una ola. Esos pensamientos
omnipotentes y desacreditantes para los demás de “si yo no estoy ahí, no va a
poder y va a morir”; ojalá, si alguna vez los tengo, no piense del mismo modo
con mis hijos.
Cuando llego a donde habíamos
dejado las toallas, ojotas y anteojos de sol dos chicas habían ubicado sus
sillas de lona bajitas y una sombrilla que estaba estaqueada a más de 2 mts. de
profundidad, dándome a entender que habían llegado para quedarse “y qué”. Las
miré, me miraron…”y qué”.
No sé por qué pero pensé que
podían ser pareja; pero así como lo pensé la idea se esfumó.
En ese momento volví a ser hija,
ya no era la mujer omnipotente que todo lo puede sino la niña que necesita de un
Otro. Mamá seguía jugando pero ante una ola acompañada de la tabla de Kitesurf
de un turista decidió salir antes de ser golpeada; después de todo quedaban 15
días de sol, arena y mar.
Vino, la miré con complicidad y
retiramos nuestras cosas. Mi tía, extrañamente seguía en el mar y a juzgar por
la irrealidad de las escenas fue como si el mar se la hubiera tragado porque
dejó de existir en las imágenes…así que no sé qué pasó, pero la dejamos ahí en
el mar y yo de repente volví al lobby del hotel donde estaban preparando una cena.
Punta del Este dejó de ser ese
lugar mágico parecido a Cabo Polonio y tomó un aire de grandeza y alta costura.
Aparecieron sus representantes condensados en imágenes de personas “venidas a
más” demilugardeprocedencia que volvieron a darme esa sensación de “todopoderosa”
pero esta vez no con el cuerpo sino con el juicio; tenía la potestad de juzgar
y señalar con el dedo eso que era “de cuarta”.
Simultáneamente sentía vergüenza de
que me vieran allí, de saludar. Una suerte de empequeñecimiento absurdo pero
real. Se acercaban y me saludaban: “Hola, minombre”, “Hey, hola” (respondía en
voz baja, intentando pasar desapercibida). “suapellido, ¿qué andas haciendo por
Argentina?”, pregunté. “Vine al casamiento de mi hermano” y siguió de largo.
Evidentemente este viraje de la
historia que me recordaba a esos momentos pasados de mi vida no me eran agradables
así que duraron un breve espacio de tiempo y Punta del Este volvió a ser ese
lugar mágico, relajado y hippie que tanto me había sorprendido al inicio.
Debíamos llegar a un lugar, no sé
exactamente cuál pero para eso mamá, que ya había estado allí, me decía que la
acompañe y noté cómo se iba contra una puerta de una casa de familia. Yo,
ingenua, no entendía qué hacía y le llamé la atención “mamá, ese no es el
lugar, es una casa de familia”… a lo cual ella me respondía “es que acá es así,
para poder llegar a donde vamos, tenemos que cruzar en línea recta a través de
la casa” y se abrió la puerta. El dueño de casa estaba allí, dándonos paso por
el garaje y cada puerta que cruzábamos tenía un mensaje que indicaba que íbamos
por el camino correcto.
Yo seguía a mamá sin entender
demasiado, pero confiada en que ese era el camino. Al final de la casa estaba
la dueña, esposa del señor del garaje, que nos invita a trepar por una suerte
de casa trasera que tenían que, evidentemente, era un lugar de guardado de
cosas, de taller. Y debíamos treparlo para pasar al otro lado.
Mamá, habilidosa y flexible
trepaba como quien comanda una operación. Líder. Segura. Yo la seguía por detrás,
insegura y expectante a que eso nos llevara hacia algún lugar.
Ya en el techo del taller de
chapa, la casa empieza a hundirse como un castillo inflable de esos que se
alquilan para los cumpleaños y había que llegar hasta el otro lado. Mamá, con
estas características de liderazgo inconfundible toma un palo de caña que había
allí, se apoya en él como una garrocha y salta hasta una especie de baranda que
había debajo que te permitía saltar la verja de madera gastada por el sol que
marcaba el perímetro de finalización de la casa. Y en ese intento se resbala,
pierde el equilibro y cae de espaldas pero cruza...
Yo, al ver esto y con las
características de niña inexperta que había demostrado en este desafío me
paralizo y le digo a la dueña de casa que, por cierto, miraba nuestro recorrido
con las características de una entrenadora “barra” sabia que nos intentaba
dejar un mensaje de enseñanza: “¿esta es la única forma de cruzar?”… y la
entrenadora/sabia me dice: “no, no siempre hay una única forma; tienes que
decidir qué camino vas a tomar, pero debes cruzar de algún modo. Elegí cuál va
a ser el tuyo”.
Mi miedo me hizo sostener una de
las puntas de la casa. Como era inflable yo me podía agarrar fuertemente y lo
único que sabía era que no quería soltarme. En ese momento de mayor tensión por
ver que mamá había “fallado”; fallado parcialmente porque al objetivo lo había
logrado a costa de un dolor de culo bárbaro…miraba a la entrenadora/sabia
esperando una solución, desesperante era la sensación de “se desmorona todo,
qué hago”; ella sólo miraba…
En ese momento la casa empieza a
desinflarse para un costado y me empujaba, sin querer, hasta el otro lado de la
verja en la cual, no es menor mencionarlo, había arena. Yo con mi peso
contribuía a que la casa me acompañara hasta el otro lado de la verja. Iba
conmigo, la base iba conmigo. Llegué. No me caí, no me lastime ni me quedo
doliendo el culo como a mamá.
Sensación de triunfo. De
descubrimiento infantil; esa sorpresa digna de las primeras veces. Esa sensación
de “wow…así era…pude” y la “Señor Miyagi” confirmando su lección. Había
aprendido que los caminos de mamá son siempre válidos, pero que uno puede
darles su impronta.
Como Punta del Este, que también
puede ser Cabo Polonio…