Casi como un presagio, la ida fue
como en bloques. El deseo de no llegar tarde, primero. La espera, después.
Durante, me crucé con ese camino de
antes y pasé frente a su puerta tomando conciencia de que ese espacio por el
que pasaba condensaba muchas conquistas y anécdotas que pertenecían a
ese lugar que, para ese entonces, se convertía en algo sagrado más no
incuestionable. Todo estaba allí, quieto, pre-histórico frente a lo inminente:
lo nuevo, lo que venía, lo que sería.
Llegué antes, como siempre. Me
detuve y pensé lo necesario para no ahondar en prejuicios; me dispuse a escuchar música y, esa canción, inundó la percepción del
afuera.
El horario ya estaba fuera de mi
control, más bien él había ganado y dirigía ahora el curso de mis acciones, así
que obsesivamente chequee que el lugar en el que estaba era al que debía ir,
leí unas dos o tres veces el mensaje y mientras tanto la música había terminado.
Me acerqué, busqué el timbre, toqué y esperé bajo la sombra de un árbol.
Entré y su mirada era
inquisidora. En el silencio del inicio entendí que ese espacio, como el de
antes, era mío y dependía de mí cómo lo construía. No hubo preguntas iniciales,
sólo silencio y una mirada que, a mi entender, me invitaba a rellenar ese
espacio con mi discurso.
Como de costumbre los inicios
cuestan, de pronto me vi sin saber, esperando la pregunta, la guía. Una
estructura. Nunca llegó. Era mía la decisión y, como todo aquel que
titubea, lance al aire palabras vacías. La mirada seguía ahí, expectante y chicanera.
En ese momento comprendí el valor del silencio, de asistir a un momento donde
al otro se le da un lugar, se lo invita a empoderarse con su voz, así que me
largué como a una pileta por primera vez y dije, lo que pude.
No fueron más que 30 minutos. No hubo
anotaciones ni preguntas guía, alguna que otra pero que sólo indagaban o más
bien abrían mundos, historias. ¿Señalamientos? Unos pocos, prudentes y
necesarios. Quizá yo esperaba, casi como creyendo eso que ya me habían dicho que no éramos: magos.
Salí, pero antes se encendió la
luz y ahí caí en la cuenta que ese
espacio que yo había abierto como pude se había terminado y que el curso del
día y las acciones se reanudaba y todo eso que se había abierto y dicho quedaba
ahí. Conmigo se quedaron algunas palabras “tiene…” “implica mucho trabajo
producir en serie…” “un nudo de sentidos…” “Está muy bien eso que se pregunta…”
“Como los hombres del sueño…”. Fin.
Volví, más relajada. Sin entender
todo lo que entiendo, consciente de que es un comienzo, desordenada y atenta,
pero por sobre todo preguntándome; porque finalmente, es necesario mirar con
signo de pregunta a los relatos construidos de nuestra historia.