2 de diciembre de 2014

En terapia ®

Casi como un presagio, la ida fue como en bloques. El deseo de no llegar tarde, primero. La espera, después.
Durante, me crucé con ese camino de antes y pasé frente a su puerta tomando conciencia de que ese espacio por el que pasaba condensaba muchas conquistas y anécdotas que pertenecían a ese lugar que, para ese entonces, se convertía en algo sagrado más no incuestionable. Todo estaba allí, quieto, pre-histórico frente a lo inminente: lo nuevo, lo que venía, lo que sería.
Llegué antes, como siempre. Me detuve y pensé lo necesario para no ahondar en prejuicios; me dispuse a escuchar música y, esa canción, inundó la percepción del afuera.
El horario ya estaba fuera de mi control, más bien él había ganado y dirigía ahora el curso de mis acciones, así que obsesivamente chequee que el lugar en el que estaba era al que debía ir, leí unas dos o tres veces el mensaje y mientras tanto la música había terminado. Me acerqué, busqué el timbre, toqué y esperé bajo la sombra de un árbol.
Entré y su mirada era inquisidora. En el silencio del inicio entendí que ese espacio, como el de antes, era mío y dependía de mí cómo lo construía. No hubo preguntas iniciales, sólo silencio y una mirada que, a mi entender, me invitaba a rellenar ese espacio con mi discurso.
Como de costumbre los inicios cuestan, de pronto me vi sin saber, esperando la pregunta, la guía. Una estructura. Nunca llegó. Era mía la decisión y, como todo aquel que titubea, lance al aire palabras vacías. La mirada seguía ahí, expectante y chicanera. En ese momento comprendí el valor del silencio, de asistir a un momento donde al otro se le da un lugar, se lo invita a empoderarse con su voz, así que me largué como a una pileta por primera vez y dije, lo que pude.
No fueron más que 30 minutos. No hubo anotaciones ni preguntas guía, alguna que otra pero que sólo indagaban o más bien abrían mundos, historias. ¿Señalamientos? Unos pocos, prudentes y necesarios. Quizá yo esperaba, casi como creyendo eso que ya me habían dicho que no éramos: magos.
Salí, pero antes se encendió la luz y ahí caí en la cuenta que ese espacio que yo había abierto como pude se había terminado y que el curso del día y las acciones se reanudaba y todo eso que se había abierto y dicho quedaba ahí. Conmigo se quedaron algunas palabras “tiene…” “implica mucho trabajo producir en serie…” “un nudo de sentidos…” “Está muy bien eso que se pregunta…” “Como los hombres del sueño…”. Fin.
Volví, más relajada. Sin entender todo lo que entiendo, consciente de que es un comienzo, desordenada y atenta, pero por sobre todo preguntándome; porque finalmente, es necesario mirar con signo de pregunta a los relatos construidos de nuestra historia.