Ayer estuvimos conversando con mi
monstruo, por primera vez pude hacerme una imagen completa de su figura. Ya
tiene cuerpo. Es de una redondez imperfecta, casi amorfa y se alimenta de la
intimidad del diálogo.
Tiene una especie de adicción, me
dijo en confidencia: hablar conmigo; ahí es cuando se siente vivo.
Es simbiótico. Me es difícil
distinguir qué es suyo y qué es mío. Entonces nos urdimos en intercambios
interminables de los que termino agotada, pequeña. Y él, sin embargo, cada vez
más grande, más amorfo y terrorífico.
Si quisiera librarme de él
debería ser otra, habitar otro espacio, otro lugar subjetivo. Otras formas de
vivir, de sufrir, de amar, de pensar.
¿Qué monstruos traerá esa otredad?