Vos vas un día a Santiago, se te
ocurre comer un lomito. Como el calor es infernal, 40° promedio, decides ir a
la orilla del Rio Dulce a ver si corre un poquito de aire. Llegas, te sientas con
calor pero afuera, no te vas a encerrá otra vez aunque no corra ni una gota de
aire. Hay un cielo estrellao que anuncia un verano abrasador, con más calor
mañana que hoy.
Mientras esperas que te traigan
el lomito empiezan a sonar unos acordes de violín, bombo, guitarra y una voz
con un acento típico, plagao de erres; “escucha, chango” te dicen, entonces van
a chusmiar porque el cuerpo se te enciende, ¿quiénes son? preguntas, “ni idea”
responde; es tan grande el semillero de folkloristas que ia ni los nombres
importan mientras tus manos dibujen un repique; la cosa es que te topas con
unos changos haciendo folklore.
Llega el lomito, así que comes
con calor, a la orilla del rio y respirando música. Eso es Santiago.