6 de julio de 2007

Cine y Artes Audiovisuales ®

Rectángulo tridimensional que captura el tiempo, lo detiene y aísla a todo aquel que se introduzca en él. El show se desenvuelve en una fracción de 60 a 120 minutos, generalmente 90. Minutos en los que nada del afuera irrumpe en nuestro interior; tiempo en el que el pensar se subsume en aquellos acontecimientos que hacen al show. Nuestra mente se dispersa, y va en dirección a aquello que el espectáculo nos desea llevar. Los pensamientos se disparan de manera tal que concuerden con la historia o situación que se proyecte en la pantalla blanca.
Hay quienes lo disfrutan como ninguna otra experiencia antes vivida, que esperan ansiosos el día de cambio de proyecciones para salir de su mundo cotidiano, y sumergirse en el mundo del espectáculo. Hay quienes dicen que en la “caja boba”, las imágenes no se aprecian igual que en este pequeño sub. – mundo que se genera una vez que se cierran las puertas de la sala. Otros, simplemente toman este momento como uno más de aquellos que disfrutan cotidianamente, pues no les apasiona ese aislamiento momentáneo. Muchos creen que es un buen lugar para compartir con otro a quien se aprecia, o a quien se le quiere obsequiar un pedazo de su afecto.
Lugar de encuentro, reencuentros, creación e imaginación. Lugar de arte, de fotografía, de colores, de blancos, de negros, azules y colorados. Espacio de infinidad de sensaciones y sentimientos. Espacio de reviviscencia de situaciones vividas, y de interiorización con uno mismo, con aquello que nos hace parte de un mismo mundo, un mismo lugar, una misma cultura y un mismo tiempo.
Hora y media en la que se comparte con otro un momento de sorpresa, fascinación y misterio. Si supera esa hora y media, de seguro un quiebre en la mitad de la cinta esta programado, pues el aislamiento, su sonido envolvente, la oscuridad y las miles de imágenes simultáneas proyectadas, permite que nos olvidemos de nuestras necesidades básicas, o tal vez creadas por ese quiebre, como comer. Es una técnica de mercado indudablemente, de los propietarios de esa caja tridimensional en la que nos sumergimos probablemente una vez al mes. Una vez saciadas nuestras necesidades, estamos listos para continuar con la historia en la que nos interiorizamos durante una o dos horas, y por que no, unos quince minutos más después del momento vivido allí dentro.
De este espacio creado para crear, y valga la redundancia, siempre surgen ideas oportunistas destinadas a generar dinero para cumplir con esa bendita obsesión que llamamos ambición de poseer bienes materiales o sustanciales. Así, de estos espectáculos diurnos o nocturnos, una vez al año, el mercado capitalista fraguo un plan ideal para este mundo consumista, que muchas veces promueve, y mágicamente nos dispara involuntariamente a mirar una cinta, que verdaderamente no desearíamos ver si las estrategias de mercado, como la publicidad, no crearan el deseo de tener ese tiempo en el que transcurre el show. De este modo, nacieron, una vez al año, premios destinados a quienes crean y actúan esa historia en la cual nos introducimos una vez al mes. Premian a quien mejor actúo, a la mejor canción, al mejor vestuario, y así sucesivamente, a distintas categorías que progresivamente van incorporando, al ser espectadores de esta fiesta, valores con los cuales juzgar lo bueno de lo malo, lo importante de lo irrelevante. Es decir, van conformando nuestra moral, nuestra escala de aquello valorable, nuestro ser, nuestra esencia. De modo tal que aquel intento de subsumirnos en un mundo que nos aísle de todo aquello que nos rodea cotidianamente, esta enlazado a aquel gran mercado que nos conforma como ciudadanos, como iguales, como siendo parte de este mundo en el cual vivimos diariamente. Así, como un elemento cultural, social e histórico, el gran rectángulo forma parte de nuestra esencia, y conforma nuestra subjetividad en el mismo instante en que pagamos por tener la oportunidad de ser partícipes, y poder ingresar por la puerta grande a la sala repleta de asientos donde ubicarnos, para vivir, por unos momentos, esa fantástica historia que un genio del arte de la pantalla grande decidió armar para compartirla con nosotros.
Se corre el telón y comienza la función, de vivir, de ser, de participar y de sentirnos íntegros bio – psíquica y socialmente, al poner en función nuestra cognición, a fin de entender la historia; al poder participar de un evento socio – cultural, y al poder, en el mismo instante de estar inmersos en esta situación, disfrutar de los placeres que satisfacen nuestras necesidades y la ambición de otro, que con nuestro deseo satisface el suyo de poseer un poco más de dinero, al vendernos el fantástico mito de que pantalla grande, pochoclo y gaseosa, van de la mano en este ritual social que cumplimos una vez al mes.
Se corre el telón y comienza la función…

29 de marzo de 2006