- ¿Qué pensarán las madres de tus amigas de mí, no?
- ¿Por?
- No sé, que agarro mis cosas, pongo todo adentro del auto y
me voy.
- Y nada… ¿Qué van a pensar?
Más menos letras, algo así es el fragmento que dispara hoy
este relato.
Año 2005, Enero. Calor. Fin de semana santiagueño. Mañana
bien temprano y ya se hacía sentir. Auto azul marino o, para no hacerla
difícil: azul. Destino Buenos Aires. En el auto, mamá al volante y yo,
copiloto.
¿Qué, qué pensarán las mamás de mis amigas? ¿Quién puede
saberlo a ciencia cierta? No fue algo
que en el 2005 me preocupo, 10 años después mucho menos. A ella creo que
tampoco le preocupo en aquel entonces sino que más bien fue la expresión de ese
“qué estoy haciendo…” puesto en el
otro o, más sencillamente: cagazo de verse a los 50 años reiniciando un camino.
Por mi parte el hoy me remonta a esa anécdota porque me pone
en la posición de preguntarme si hubiese querido que fuese distinto y, en caso
de haberlo querido, qué clase de madre hubiese acompañado ese otro “destino”. Y
la verdad es no. Claramente no.
Prefiero esta mamá, la que disfruta lo que hace, la que se
anima, la que emprende, la que acompaña, la de sonrisa genuina. La auténtica y
apasionada por el arte. La que quiebra límites y tiene la humildad de reconocer
que los tiene. La trabajadora. La mamá que sostiene, la mamá que permite, la mamá diálogo. La mamá generosa,
desenvuelta y sencilla.
La prefiero a mamá.
08 de Septiembre de 2014