Que
el día de tu cumpleaños, con lluvia torrencial durante las primeras horas del
día de mi natalicio y con ese olor a mojado de lluvia (que no es igual que
cualquier otro olor a mojado), suene el teléfono fijo y sea Pablo Echarri
contándome que hay un grupo de teatro conformado por personas con capacidades
diferentes justifica, más que nunca, por qué conservo el bendito número en un
momento donde “el fijo” pareciera ser obsoleto.
Tener
teléfono fijo, que me llame Pablo Echarri y que sea mi cumpleaños merece toda
una reflexión. En primer lugar, me traslada automáticamente a mi niñez y hasta
promediados los 18 años que si bien ya tenía el inalámbrico que me permitía ir
hasta la plaza del frente de mi casa sin perder la señal no dejaba de ser un
FIJO. Un aparato que te estaqueaba en un perímetro…fijo.
Tener
un fijo es también retrotraerse hacia esas cosas que pasaban cuando uno tenía
un fijo, sólo te encontraban si estabas ahí, en el perímetro del fijo. Si
alguien te llamaba para chamuyar se enteraba hasta magolla porque tenías que
estar ahí, en el lugar del fijo parada con cara de circunstancia. Existía la
línea 1 de Telecom y llamar a la siesta, en Santiago, era PECADO MOR(T)AL.
Tener un fijo es fijarse en el
pasado, es volver, es no dejarlo ir porque es ese aparato siempre te recordará
ese momento en el que… “ayyy te acordas del teléfono fijo??!!!” como cuando uno
recuerda que la cerveza valía $1 o que con 0,50 centavos te daban 5 Flynn Paf.
Tener
un fijo y que se asombren y te asombres del fijo también nos invita a
reflexionar sobre el avance de las telecomunicaciones y sobre como hoy te
encuentran a donde quieran, en el horario que quieran y quienes quieran, a tal
punto que uno de una u otra forma también está fijado a un aparato. Como si el perímetro fuese inacabable y
persecutorio.
En
segundo lugar, merece reflexionar sobre Pablo Echarri. Ese sujeto que mis
primos no entendían por qué me gustaba y mi mamá, como psicóloga pero
interpelada por el ser madre decía “mira por dónde te agarro la furia adolescente”…Hace
que me acuerde de cuándo y cuánto me gustaba Pablo Echarri, juntaba imágenes y
me veía todas sus novelas y…películas. Ojo, Plata Quemada no está nada mal.
Me
remonta a ese día en que como hoy, con su voz, compartimos un mismo espacio
temporal gracias a que una amiga me pidió que la acompañara al banco. En la
espera pasó caminando un flaco, un “pibe
de barrio” y mi amiga me dijo “ahí va Pablo Echarri” y casi
fantasmagóricamente lo vi…LO VI. SI, LO VI.
Entrada
la universidad, el celular, el internet y el cambio estructural que provocó en
mí la carrera elegida, las amistades construidas y los espacios transitados,
merecen la 3era reflexión. Pablo Echarri quedó como un recuerdo, como una sombra
que desapareció como cuando cae la noche.
Sin
embargo, escuchar el fijo recién llegados mis 28 y levantarme a atenderlo con
el a priori de “seguro es un telemarketer o Macri pidiéndome que lo vote” y con
el ímpetu de quien ya perdió ante algunos eventos la capacidad de sorprenderse
y dejarse llevar, hace que registre en ese preciso instante que no soy ni tan
niña, ni tan adolescente ni tan adulta como pensaba.
Que
sigo teniendo el lastre de la niñez, la furia de la adolescencia y la inherente
realidad del paso del tiempo. Que 28 años no son nada, carajo.
ERA
PABLO ECHARRI...SI, ÉL MISMO, grabado…