Juan, el niño de los rizos violáceos, tomó mis dedos y comenzó a dibujar con ellos sus anhelos. Miró mis uñas y las besó con profunda ternura.
Por cada hendija de mi piel dejo caer unas gotas de agua para que refrescaran mis entrañas. Más tarde tomó un pincel y dibujó cada rasgo de mi cara, marcó los labios y borró los años. Continuo con mis orejas, a quienes dejo imperfectas para que me distinguieran. Luego despeinó mis cabellos y los ordenó sirviéndose de unos espejos.
Buscó un poco de fuego y encendió mis tobillos para quitarles su olor a jabón neutro. Descorchó un vino, lo saboreó y lo mezcló con óleos finos. Pintó mis rodillas color rubí.
Dejó su marca con carbón sobre mi pared, y escribió en mi abdomen su canción del atardecer…me despertó con un elástico de papel que marcaban las diez.
Por cada hendija de mi piel dejo caer unas gotas de agua para que refrescaran mis entrañas. Más tarde tomó un pincel y dibujó cada rasgo de mi cara, marcó los labios y borró los años. Continuo con mis orejas, a quienes dejo imperfectas para que me distinguieran. Luego despeinó mis cabellos y los ordenó sirviéndose de unos espejos.
Buscó un poco de fuego y encendió mis tobillos para quitarles su olor a jabón neutro. Descorchó un vino, lo saboreó y lo mezcló con óleos finos. Pintó mis rodillas color rubí.
Dejó su marca con carbón sobre mi pared, y escribió en mi abdomen su canción del atardecer…me despertó con un elástico de papel que marcaban las diez.