Al tirar una pastilla efervescente en agua somos conciente del fenómeno de la efervescencia. Cuando el agua alcanza su punto de ebullición somos concientes de qué significa que el agua está hirviendo. Cuando una situación inesperada se hace presente nuestras reacciones fisiológicas indican que fuimos anoticiados de la sorpresa. Del mismo modo, cuando nos interrogan sobre alguna situación de la que no habíamos tomado noticia, contestemos o no dicha pregunta, hay algo que decanta y nos invita a pensar dicha situación de una manera alternativa.
En todos estos acontecimientos y en tantos otros que se pasan por alto, no oímos ningún ruido hasta no verlos materializados en la cotidianeidad o en una interrogación, impidiendo de este modo nuestra posibilidad de hacerlos inteligibles y maleables, a fin de poder mirar estos hechos como un otro que se posiciona desde fuera de él y puede observarlo en todas sus aristas. Se convierte entonces en una masa a la que podemos moldear y dar forma nuevamente, quizá para dar un sentido distinto a eso que mirábamos sin cuestionar con anterioridad.
Sin esta posibilidad de anoticiarnos del sentido que nos excede como seres humanos, es que parecemos marionetas sujetas a una estructura de cartón que mueve nuestros hilos, dando lugar a una danza que no hace otra cosa que reproducir aquello construido por el titiritero…entiéndase por marioneta la subjetividad de ese pedazo de trapo que sólo busca sobrevivir del mejor modo posible la función que protagoniza en la danza diaria de la vida.
Sin cuestionar es que nuestro único cometido en la vida es pasar, como pasan los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses, las estaciones y los años. Sin cuestionar sólo caminamos al final, al inevitable destino de abandonar la obra que sin querer vinimos a protagonizar.
El monto de angustia que sobreviene a cada uno de nosotros cuando hacemos el somero intento de cuestionar la realidad nos invita a poner en el afuera, proyectar si se quiere, la responsabilidad y las razones de lo que sucede en entes que nos sobre-determinan y que exceden nuestra posibilidad de modificar aquello que nos hace gozar…Es así que existen creaciones socio – culturales que a lo largo de la historia buscaron explicar cuál es el propósito de cada uno de nosotros en este mundo inmaterial que juntos vinimos a crear; el oráculo de Delfos, la Pitia, Jesús, Alá, Budha y tantos otros más que no es preciso mencionar.
Cada frase encerrada entre signos de interrogación asusta, a tal punto que más de una vez negamos su verdadero sentido y la profundidad que nos lleva a considerar, máxime si tal punto de reflexión pone en cuestión aquello que nos da identidad, que consideramos parte de nuestra estructura vital. Dejarse caer en ese punto es la posibilidad de superar el simple “darse cuenta” de que el agua hierve, que las pastillas son efervescentes o que la apertura de nuestros ojos indican que algo nos tomó por sorpresa; significa quitarle el sentido a la realidad, quitarle significación al lugar que habitamos. Esa cadena significante que nos sujeta pierde asilo y lo construido se hace trizas. Es caminar en la nada, como una pantalla blanca de televisión que se hace tan insignificante como a un sordo la música…
Así, vuelvo a citar a una obra literaria sin igual: LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER – MILAN KUNDERA.
Acaso me pregunto: si un árbol cae en el bosque y no hay nadie que escuche su caída, ¿ese árbol cayó?
En todos estos acontecimientos y en tantos otros que se pasan por alto, no oímos ningún ruido hasta no verlos materializados en la cotidianeidad o en una interrogación, impidiendo de este modo nuestra posibilidad de hacerlos inteligibles y maleables, a fin de poder mirar estos hechos como un otro que se posiciona desde fuera de él y puede observarlo en todas sus aristas. Se convierte entonces en una masa a la que podemos moldear y dar forma nuevamente, quizá para dar un sentido distinto a eso que mirábamos sin cuestionar con anterioridad.
Sin esta posibilidad de anoticiarnos del sentido que nos excede como seres humanos, es que parecemos marionetas sujetas a una estructura de cartón que mueve nuestros hilos, dando lugar a una danza que no hace otra cosa que reproducir aquello construido por el titiritero…entiéndase por marioneta la subjetividad de ese pedazo de trapo que sólo busca sobrevivir del mejor modo posible la función que protagoniza en la danza diaria de la vida.
Sin cuestionar es que nuestro único cometido en la vida es pasar, como pasan los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses, las estaciones y los años. Sin cuestionar sólo caminamos al final, al inevitable destino de abandonar la obra que sin querer vinimos a protagonizar.
El monto de angustia que sobreviene a cada uno de nosotros cuando hacemos el somero intento de cuestionar la realidad nos invita a poner en el afuera, proyectar si se quiere, la responsabilidad y las razones de lo que sucede en entes que nos sobre-determinan y que exceden nuestra posibilidad de modificar aquello que nos hace gozar…Es así que existen creaciones socio – culturales que a lo largo de la historia buscaron explicar cuál es el propósito de cada uno de nosotros en este mundo inmaterial que juntos vinimos a crear; el oráculo de Delfos, la Pitia, Jesús, Alá, Budha y tantos otros más que no es preciso mencionar.
Cada frase encerrada entre signos de interrogación asusta, a tal punto que más de una vez negamos su verdadero sentido y la profundidad que nos lleva a considerar, máxime si tal punto de reflexión pone en cuestión aquello que nos da identidad, que consideramos parte de nuestra estructura vital. Dejarse caer en ese punto es la posibilidad de superar el simple “darse cuenta” de que el agua hierve, que las pastillas son efervescentes o que la apertura de nuestros ojos indican que algo nos tomó por sorpresa; significa quitarle el sentido a la realidad, quitarle significación al lugar que habitamos. Esa cadena significante que nos sujeta pierde asilo y lo construido se hace trizas. Es caminar en la nada, como una pantalla blanca de televisión que se hace tan insignificante como a un sordo la música…
Así, vuelvo a citar a una obra literaria sin igual: LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER – MILAN KUNDERA.
Acaso me pregunto: si un árbol cae en el bosque y no hay nadie que escuche su caída, ¿ese árbol cayó?