Cuarenta y cinco minutos, tal vez una hora, no sé exactamente; tiempo mío, segundos que lograron el cambio, que trajeron luz a tanta tristeza, a tantos días nublados con pequeñas gotas que inundaban mi cuerpo.
Un “Gracias” representa mi sonrisa cada vez que recuerdo ese momento, ese día de Febrero que impulso el hoy, mi presente, al cual le faltan y quedan cuarenta y cinco minutos; minutos que piden realizarse para sentir una vez más el triunfo.
Ese otro, ese aquel que abrió mi confianza, que permitió que este hombre, al que los intelectuales llaman inconsciente, dueño de tantos conflictos se rasgara, para dejarme, casi sin pensarlo, cantar la canción de mi vida y darle un lugar al triunfo, al adiós, adiós que dejo atrás tanta historia, tanto gris y lagrimas que fueron presente en algún momento.
Admiración, agradecimiento, respeto y confianza conforman el rotulo que vislumbran mis ojos al hacerse presente este otro al que siento deberle tanto, al que siento debo tanto agradecimiento por haberme permitido crecer, cambiar, intentar, soñar y hoy, a dos años, poder sonreír y comprender los motivos de mi ser, de mis acciones y actitudes muchas veces cuestionadas por mis razonamientos, en un intento de lograr el equilibrio perfecto.
Equilibrio que ni hoy, ni mañana, ni ayer estuvo; ¿el motivo?, es la razón por la cual estamos, por la cual somos y por el que peleamos día a día; para superarnos, para afrontar y crecer con cada paso que damos. Es que con él todo sería tan insípido, tan falto de sentido, que busca transformarse en momentáneo, en algo de un hoy fugaz que mañana no estará, y el trabajo será recuperarlo. Es su trabajo y el mío, en conjunto.
Ese maravilloso día, en equipo, lo encontramos y mis lágrimas supieron, en silencio, agradecer ese momento en que pensé haberme hecho dueña de todo aquello que creemos imposible conseguir.
Seamos realistas, pidamos lo imposible…
16 de marzo de 2005