- ¿Todavía se escriben cartas de amor?
preguntó tímidamente mientras estaban sentadxs en un banco de la plaza del
pueblo donde vivían. Se conocían desde niñxs y no hacía falta tanto preámbulo para iniciar un diálogo o soltar un pensamiento.
Ella miraba el algarrobo que tenía en
frente, estaba perdida en el contorno de las hojas y el traslúcido que les producían los rayos del sol en esa hora de la tarde.
- No sé, le dice, nunca lo hice. Le
respondió seca.
- Porque a mí me pasa que después de estos
encuentros que tengo con ella de tanto en tanto me vuelvo a casa titilando.
Gira un poco la cabeza con gesto de interrogación
y le pregunta, - ¿titilando?
- Si, como esa luz estroboscópica de los
boliches, ¿te das cuenta? Me dis-loca, me saca de eje, como si no supiera muy bien
a dónde estoy; y un poco me gusta eso.
- Mira…, le dice ella mientras poco a poco
va saliendo del árbol y conectándose con el diálogo. - No sé la
verdad, las cartas de amor están llenas de lugares comunes. Es difícil salirse
de ahí. Por, ¿vos escribiste una alguna vez o queres escribir una?
- Si, bah, no sé; no…yo no escribí nunca
una. Responde mientras va pensando, titubeante. - Pienso que sí quisiera. Lo
primero que se me viene a la cabeza es esa frase de Cortázar de que el amor es
un rayo que te parte al medio y que se yo… ¿la conoces?
- Si, ¿la de Rayuela?
- Creo que sí. Es un lugar común, demasiado cursi, pero lo que me pasa es que lo siento así y nunca me había
pasado. Es como estar medio en el aire, medio enajenado, partidx al medio... ¿Qué
se hace con el amor?, le pregunta esperando una respuesta que lx ubique…
Ella, asumiendo ese lugar de saber que le habían
dado responde. - Nada, se lo asiste y se le hace lugar. ¡Qué
sé yo, mira lo que me preguntas! Te digo que a mí nunca me pasó. Cierra enojada.
- ¿Querés un poquito? Le pregunta casi como
suplicando que le diga que sí. Se le notaba en la pregunta la necesidad de que
ese amor pueda salir de sí, ser alojado. ¿A dónde lo pongo sino, qué se hace
con el amor?, insiste.
Ella le toma de la
mano y en ese gesto le devuelve la mirada y habilita la necesidad que sentía de
que alguien más pudiese atestiguar lo que le estaba pasando.
- Me pasa que cuando la veo, la veo en
detalle. Como si mis ojos pudiesen hacer un zoom muy sutil por cada ángulo de
su cuerpo, por cada gesto y detalle. Veo todo en HD, y mi memoria va guardando
esas pequeñas imágenes como rompecabezas. Después las veo involuntariamente,
aparecen como flashes de distintos momentos o de esos rasgos con mucha fuerza;
¿todo lindo va a tener?
Ella se ríe conmovida por ese amor. No lo
había sentido nunca, pero algo de lo que decía le tocaba el cuerpo y eso le
gustaba.
- Mi cuerpo todo es como un flancito; estoy
finitx, frágil. Me arde lindo el pecho, como un fueguito interno. Quiero romper
este hechizo de una vez, ayudame.
- Es que no sé por qué te pasa eso, pero
suena bien. ¿Por qué lo romperías?
- No sé. Es que a veces me dan ganas de
llorar pero no de angustia, no sé de qué…
- Llorar de amor, ¡qué poético!, le dice
con cierto tono burlón pero enternecida. A esta altura ella ya estaba
totalmente conectada con la conversación, notaba que había una necesidad de
decir, de hablar, de poder poner en palabras para que la conmoción ceda y estaba dispuesta a escucharle.
- Por ejemplo, el otro día conocí su casa.
Es enorme y linda. Tiene plantas, libros, detallitos con historias y un gusto
estético que me hizo que me gustara más. En cada rincón que descubría me
imaginaba una historia. Cada espacio, cada hueco se me volvía deseo. Me veía
ahí, acá o allá. Imaginaba escenas con ella. Se me armaba un cotidiano y se me
venía una urgencia de materializarlo. ¿Me pasará sólo a mí esto?, continuaba
hablando como una canilla mal cerrada. ¿Es posible que el amor o lo que sea que me
pase sea una cosa de a unx?
- ¿Vos decís que capaz te estas comiendo un
viaje?… ¿acaso eso importa? O que, ¿tenes miedo?
- Y,
un poco sí. Hay un poco de viaje, de miedo, de deseo. Te juro que nunca lo
sentí tan hondo a este sentimiento, como si me tocara la piel, los huesos, como
si me dejara electrizadx. Me es difícil apalabrar el movimiento interno que
siento y me termina pasando eso, que me quedo sin palabras, parezco unx bobx
por momentos. Digo lo que no quiero decir, hago lo que no quiero hacer, hablo
como si hablase otra persona…no sé, es rarísimo. Estoy todo el tiempo pendiente
de si la cagué, si dije algo que no debía, si le habrá gustado, si algo de lo
que hice o dije le habrá tocado un poquito la piel.
- Me parece un montón lo que decís…y me
parece hermoso. Capaz tengas que hacerlo; escribir, digo… aunque salga
deslenguada, descuajeringada.
- ¿Todavía se escriben cartas de
amor?
Ella no respondió, la pregunta quedó
vibrando en el aire. Sintió que no era necesario. - Me tengo que ir. Cayó el
sol y se empieza a poner frío.
- Dale, te veo el jueves.
Ella se levantó, se abrazaron y se sintió
un mundo. Le había recitado esas palabras de amor que le había escrito en su
cuaderno como pudo. Se levantó del banco de la plaza exactamente 7 minutos
después; juntó el montoncito de amor que pulsaba adentro suyo y se lo llevó
para macerarlo sola en su habitación.