De la infancia aprendí el sabor que tiene el agua de las mangueras que riegan los patios;
aprendí sobre el contraste cuando tomaba un vaso de agua helada mientras me bañaba;
aprendí a devenir "del mismo barro" con mis amigos al tomar las sobras de coca cola en los vasos de las confiterías; aprendí junto a eso y en retrospectiva que la diferencia sólo existe en la amarga adultez; aprendí a despegar, a volar; lo más simple, el juego con lo que teníamos "a mano"; ahí, justo ahí, también me encontraba con la diversión de crear. Aprendí de la libertad cuando podía correr en calzones sin pudores.
No sabía que no sabía de muchas cosas, y ahora que lo pienso, entiendo que así se vive mucho mejor. En la experiencia.
Tantas veces he querido volver, pero es inútil. Aquí estamos.