Nos dirigimos al kiosco de mentiras con las últimas monedas que quedaron en la billetera, tan solo 1,25. Cruzamos la calle y nos enfrentamos a la mirada penetrante del quiosquero que nos pregunta amablemente qué tipo de mentira queremos comprar. Vacilamos unos segundos y atinamos a decir: qué puedo mentir por 1 peso con 25 centavos. Este señor desconcertado nos queda mirando, y en esa mirada se traslucen pensamientos tales como: qué quieres llevar vos, por qué me lo preguntas a mi, ¿sabias que hay inflación y 1,25 no es un buen número para mentirle a un fantasma?...
Finalmente nos decidimos a comprar lo más barato del lugar, aquello que hasta incluso nos posibilita atesorar 25 centavos. Compramos una mentira dulce, como un chupetín con chicle o caramelos rellenos. Cerramos el proceso de compra cuando le entregamos un peso al quiosquero, él nos entrega nuestra dulce mentira y nos vamos a saborearla al lugar más cercano que nos permita hacerlo.
Es en ese momento cuando llegamos al parque, nos sentamos e invitamos al resto de los cómplices del proceso de mentir un caramelo per cápita, y cierran su ciclo de complicidad agradeciendo el gesto de haber comprado un caramelo para ellos. En lo que respecta a lo que nos sucede a nosotros, decidimos saborear ese caramelo que además de dulce y mentiroso es agrio… una mentira agridulce y barata en tiempos de inflación.
Introducimos nuestras manos en la bolsa común de caramelos, elegimos ese caramelo y con ambas manos tomamos las dos puntas que envuelven la golosina, con movimientos opuestos tiramos un poco hacia atrás y al costado y desenvolvemos el caramelo. Miramos su textura, olemos su aroma y decidimos llevarnos a la boca la mentira agridulce.
Aquellos gestos que involuntariamente se producen indican que es una mentira un tanto ambivalente: sentimos placer al comerlo, pues nuestras papilas gustativas provocan el proceso de salivación y, a la vez, las mismas papilas registran un sabor agrio que nos produce un cierto asco, es allí cuando pensamos por qué hacemos lo que hacemos…mero placer, solo un deber o fifty fifty, cual mentira agridulce…Cada segundo que pasa el caramelo en nuestra boca cuestiona nuestros acontecimientos: deber ser o se debe ser…
Toda la esencia de nuestros actos queda contenida en ese instante de saborear un caramelo para olvidar el sabor agridulce de apasionarse por la verdad…
19 de marzo de 2008